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¿Sabes de qué tengo ganas?

Por Laura Aguilar Ramírez



Recuerdo una canción mexicana de Salvador Vázquez, interpretada por Lucha Villa que se llama "¿Sabes de qué tengo ganas?"

Es una canción muy romántica que en la voz quebrada de la intérprete chihuahueña se escucha muy sensual. Pero las ganas que tengo no son de ésas. En éste tiempo de "coronavirus" en que está uno encerrado a fuerzas -y no es porque salga yo mucho, porque soy bastante de mi hogar- me dan ganas de desquitarme de tanta injusticia.

He pasado 25 años lejos de mi ciudad de orígen, de los cuales 5 los pasé prácticamente en el limbo, debido a una fuerte depresión. Gracias a Dios pude salir de ella con mucha oración.

Recuerdo noches enteras sin dormir o durmiendo con sobresaltos, despertando sudando a mares, en los que mis manos recorrían las cuentas del rosario como si fueran un amuleto; sin saber siquiera qué rezaba ni qué decía.

Recuerdo confesiones y confesiones sin sentirme perdonada.

Recuerdo lágrimas a mares. Lágrimas contenidas durante años: lágrimas por sentirme abandonada, lágrimas por sentirme traicionada, ultrajada; lágrimas de dolor, de arrepentimiento, de decepción.

Recuerdo estar en tinieblas espiritualmente en donde ninguna luz podía entrar. Poco a poco, la luz de Cristo entró en mí para iluminar mi ser. Para darme paz y consuelo.

Finalmente, el sol volvió a brillar, las tinieblas empezaron a disiparse. Pero es difícil sostenerse sólo con la Palabra de Dios.

Me pregunto cómo tantos santos hombres y mujeres han podido sostenerse sólo con la Palabra de Dios, sin confesión de sus pecados, sin la absolución, pero sobre todo, sin la Eucaristía, encerrados en una prisión como San Maximiliano Kolbe, el Caballero de la Inmaculada.

Pienso que los ermitaños eligieron ése estilo de vida, podían salir en cualquier momento de él.

Pienso en los presos que justamente purgan sus pecados y sus faltas. Finalmente, tienen el justo pago por sus acciones.

Pero el no poder salir a causa de algo de lo cual no eres responsable, es muy difícil. Es de alguna manera, compartir la cruz de Cristo. Una cruz tremendamente pesada. Es ser por un momento como el Cirineo, forzado a cargar una cruz siendo inocente.

Cristo aceptó una cruz libremente. De ninguna manera la deseaba, pero la aceptó por amor a la humanidad, por amor al Padre. A imitación del Padre que se vió desobedecido, engañado y finalmente acusado por Adán de la falta que cometió por su propia decisión.

Es cierto que Eva pecó, pero dijo la verdad: "la serpiente me engañó"
Adán, no sólo mintió, acusó a Dios por darle una mujer. Una mujer que él pudo rechazar. Dios no lo obligó a tomarla. Dijo "esta es carne de mi carne, huesos de mis hueso" y la tomó muy contento.

Adán pudo rechazar la manzana que Eva le ofrecía, pudo pedir perdón a Dios, pudo incluso regañar a Eva, pudo darle su merecido a la serpiente. Pero no, se comió la manzana, le echó la culpa a Eva y a Dios por darsela por mujer.

Asi que el Padre los castigó a los tres justamente. Jesús igual que el Padre, fué humillado, vilipendiado, acusado por los que ama: la humanidad.

Asi que éste tiempo en que estoy metida en casa a fuerzas, sin libertad de salir, sin ser responsable del virus, tengo infinitas ganas de Cristo. Extraño su Cuerpo y su Sangre y ofrezco éste dolor como complemento del dolor de Jesús.

Extraño la misa dominical, la Eucaristía, la confesión, extraño estar en mi Capilla, sentada escuchando y viendo a Cristo. Extraño poder confesarme y sentirme perdonada. Extraño finalmente, estar ante el Santísimo.

De éso tengo ganas. Poque sin El  vuelvo a desear golpear a alguien, vuelvo a llorar.


Para Tí, Señor ésta canción en espera de volverte a saborear.


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