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Alfredo= perseverancia


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ALFREDO
Todas las personas al pasar por éste mundo dejamos una huella profunda en la vida de los demás.

Alfredo es una de ésas personas que dejaron una huella en mí.
Alfredo era mi primito. Era un niño inquieto, alegre y perseverante.
Alfredo era como yo, hijo de padres separados. Al igual que yo, se quedaba sólo con sus hermanos mientras su mamá trabajaba.

Eramos un montón de primos, 
que andábamos a la deriva mientras nuestras madres llegaban a casa.
Caminábamos a la escuela juntos, por lo menos hasta que mis primos varones se desviaban para llegar a la suya, 
las niñas continuábamos hasta la nuestra.
 Asistimos a escuelas diferentes porque una era para niños
 y otra para niñas.

En la tarde, salíamos en tropa a jugar a los encantados, 
al bote pateado, en fin...
Nuestras risas llenaban el callejón donde vivíamos, 
corríamos, hacíamos travesuras.

Los domingos íbamos juntos a vender tamales de la tía, a la salida de misa. Mientras salía la gente, jugábamos a las marometas (yo era buenísima en ello) corríamos (yo era buenísima para ello)

Entre semana, muchas veces nos íbamos al parque cercano a jugar. Subíamos a los columpios, a las resbaladillas. 
Pero Alfredo era mucho más intrépido que nosotros y se subía a los pasamanos. En una de ésas subidas, se cayó y se rompió un brazo. 
Lo llevaron al doctor, se lo enyesaron... pero él seguía siendo igual. La pila no se le acababa.

Nosotros nos cambiamos de casa y los primos nos visitaban. 
Alfredo como digo, era intrépido y siempre inventaba nuevos juegos. 
Uno de ellos era brincar de la azotea. Nuestra casa estaba por debajo del pavimento y por lo tanto, no era muy alta. 

Subíamos la escalera y brincábamos desde la azotea felices.. hasta que Alfredo cayó y se rompió el otro brazo.
 Lo llevaron al doctor y se lo enyesaron.
Así que mi primo andaba con sus dos brazos enyesados,
 pero la pila no se le bajaba. El continuaba siendo igual.

Un día, su hermano mayor junto con los primos mayores se fueron de peregrinación a Chalma. El insistió en ir. Deseaba pasear, deseaba salir como sus primos salían. 
Y finalmente, convenció a su mamá y a su hermano. Iba feliz.

Deseando mirar por la ventana el paisaje y no perderse de nada, 
se acercó a la puerta trasera que en ése tiempo muchos camiones tenían. La puerta no estaba bien cerrada... y mi primo cayó al asfalto. 
El golpe lo mató inmediatamente.

El cambió mi vida.

Ahora veo más claro que en ése entonces. 
Eramos niños de 8 años. Su papá abandonó a su mamá y dejó en él un vacío que trataba de llenar con aquellos que sentía lo querían. Se esforzaba por agradar, por encajar... 
se esforzaba más allá de sus capacidades.
nosotras crecimos con un padre que nos llevaba a nadar, a pasear. Crecimos yendo a un rancho a correr, a jugar. 
Estábamos acostumbradas a recorrer grandes distancias. El no. 
Pero deseaba tanto encajar, que se esforzaba.

En mí dejó un vacío. Fué por decirlo de alguna manera, mi primer maestro. Yo intentaba enseñarle a pesar de que éramos de la misma edad. Para mí era muy importante. Lo sentía tan desvalido, tan necesitado de afecto que lo tomé bajo mi cuidado. Yo creo que él me miraba igual

Su muerte para mí fué el primer dolor verdadero. mis padres se separaron, pero mi papá estuvo siempre presente en mi vida. 
Mi mamá nunca volvió después de mis nueve meses, pero yo sabía que estaba y con éso me bastaba. El de él no regresó.

Con la muerte de Alfredo, me dí cuenta que la vida no retoña, que él nunca más sería mi compañero de juegos, mi alumno, mi maestro, que nunca más podría enseñarle nada, ni cuidar de él. Ni él lo haría  conmigo.

Me dí cuenta a pesar de mi poca edad que es muy poco el tiempo que tenemos para desperdiciarlo en envidias, en peleas. Y si hasta ése momento, había sido una niña buena, después de su muerte me esforcé tanto como él lo hacía por ser mejor.

Fuí mucho más obediente, fuí mucho más atenta con las personas, con sus necesidades. Me acomedía a ayudar a los otros, a mi tía cuando se quedaba sóla haciendo sus tamales, la ayudaba a cuidar de sus pajaritos mientras los demás corrían y jugaban. Me acercaba a ayudar a mi prima con sus niños, mientras ella lavaba la ropa. 

Hacía un poco más de lo que mis capacidades podían y un poco más de lo que me ordenaban. A otra tía, le hacía el quehacer sin que nadie me dijera que lo hiciera: tenía 4 hijos, trabajaba para salir adelante con su familia.

Por Alfredo aprendí que se puede dar más de lo que uno cree, 
que cualquier persona a pesar de que le digan que no puede, 
es capaz de dar más y ser mejor.

Fué mi alumno y terminó enseñándome una gran lección:
 la perseverancia todo lo alcanza.
No importa si todos te dicen que no puedes, él pudo.... y yo también.

También yo me rompí un brazo y me lo vendaron. Era mi brazo derecho. No dejé de ir a la escuela, ni dejé de escribir a pesar de que mi brazo con que lo hacía estaba roto. Escribí un tiempo con la mano izquierda (si me dices que lo haga ahora, seguro no puedo... pero en ése tiempo lo hice) barría con el brazo izquierdo.

Cuando me enfermé y me sentía sin fuerzas, el recuerdo de Alfredo tan esforzado me hacía levantar y seguir adelante.

Descanse en paz mi alumno y maestro.

A pesar de tus 8 años de vida, fué una vida que dejó huella en mí, que cambió mi vida. Nunca te he olvidado, querido primo.




AUTOR
Laura Aguilar Ramírez







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