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Mi lugar ideal

Por: Laura Aguilar Ramírez
Para:Puntadas católicas

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Todos tenemos seguramente un lugar en donde nos gustaría vivir.

A mí me gusta viajar, me gusta conocer lugares para admirar la maravillosa creación de Dios en su naturaleza: montañas, valles, ríos, playas, bosques, desiertos. Cada uno tiene su encanto.

Me gusta viajar para conocer la vida de las personas, también creación de Dios. Conocer por medio de sus edificaciones, su historia, su manera de ser. El hombre plasma su esencia en aquello que crea.

He estado en un lugar montañoso y me pareció maravilloso levantarse en las mañanas, mirar hacia la montaña, subir por ella, disfrutar del sol matinal, viviendo en una cabaña sin lujos, caminar por las orillas de los ríos. Es realmente maravillosa experiencia.

He visto amanecer en un bosque y bueno... no es para mí, lo más agradable. No me gusta mucho ver tanto árbol a mi alrededor. Hay personas que lo disfrutan. Para mi mente infantil, el bosque era algo tenebroso, obscuro; todos los árboles, iguales en donde es fácil perderse.

He visto amanecer en un rancho. Me recuerda a mi abuelita. Y es hermoso. Levantarse temprano, ir a acarrear agua, pasar al lado de ovejas, chivos (bien encerrados en su corral, por supuesto) Ver a lo lejos, vacas y toros (de lejos, porque de cerca me dan miedo) realizar las labores de la  casa, atender las hortalizas,  ver los tapetes que forman los distintos sembradíos, con árboles frutales rodeándolos.
Sentarse al atardecer en el porche de la casa, para disfrutar de un merecido descanso después de tanto trajin como necesita una vida en un rancho, es delicioso.
Ver anochecer con un cielo estrellado, escuchando las cigarras o grillos, viendo las luciérnagas pasar a nuestro lado.
Los domingos, nadar en la poza o en la presa donde se conserva el agua. Bañarse en el manantial con el agua que cae de manera natural através de las piedras.
Disfrutar de paseos por grandes extensiones de pasto, no tiene comparación.

Pero definitivamente, mi lugar preferido es al lado de la playa.
Tal vez sea porque fuí concebida en una playa.
Mi padre era marinero y tenía en ése tiempo, su base en Acapulco.
Vivimos ahí, en un acantilado desde donde se veía el mar, donde sólo bastaba pasar una carretera para tener acceso a la playa. En una zona de viviendas de palma y madera, sin pavimento pero con personas muy calurosas y cariñosas.

Lo sé porque cada año mi padre regresaba a visitar a un compadre y nos llevaba con él. A mi mamá no le gustó por la pobreza o la manera de vivir, pero a mi papá le gustaba mucho ése lugar y quería mucho a ésa gente.

Mi hermana nació ahí; la concibieron en una de las muchas veces en que mi padre iba a la Ciudad de México a visitar a la familia, se juntaron y mi papá la llevó a vivir a Acapulco. Pero después de un tiempo, se regresaron a la ciudad en donde yo nací.

Tal vez el ruido del mar llegaba a mí desde el vientre de mi mamá. Recuerdo las veces que caminaba al lado de mi hermana por ésas calles sin pavimento, entre chozas de palma y palo, donde caras sonrientes nos recibían con afecto.
Recuerdo los paseos a la laguna, la visita a las distintas playas al lado de mi padre: recuerdo sus clavados desde la Quebrada, lo recuerdo salir de la playa Revolcadero como si nada.
Esa playa no es para nadar, porque las olas son tan fuertes que muchos han muerto ahí. Mi padre se metía como si fuera parte de ella.

Recuerdo las puestas de sol vistas desde la puerta de la casa, el dormir en una hamaca en las afueras de la cabaña. Las caminatas en la playa, entre las rocas, el recoger conchitas y jugar con las olas del mar.

Definitivamente, ése es mi lugar preferido. Aunque ahora Acapulco ya no es el mismo Acapulco que mi padre me enseñó a amar, sigue siendo mi lugar preferido. Para mí, es como ver el alma de mi padre, ver su esencia.

Mi padre era como el mar: suave al tocar los pies, impetuoso como las olas, cálido como las aguas acapulqueñas, risueño como una puesta de sol, alegre como las aves de ése lugar.

Tenía su parte como el Revolcadero de olas fuertes y mar abierto, donde se necesita valor para entrar y fé para salir con bien cuando las olas están encrespadas.
Tenía su parte tranquila como la laguna donde se puede pescar y comer al lado de ella.
Era atrevido como la Quebrada, donde muchos se lanzan sólo con la bendición de la Virgen.

Estar en Acapulco, es estar en mi casa. Es sentirme libre y en paz.

Mis recuerdos más lejanos, tienen que ver con el esperar en una ventana la llegada de un hombre con un saco al hombro.... un saco que caía al suelo para recibir a sus hijas que salían corriendo a recibir su abrazo. Con él llegaba la alegría a nuestra casa, con él llegaba la paz, la seguridad.
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