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Que no nos sea indiferente el dolor del otro, Señor.

Por Laura Aguilar Ramírez

Cuando suceden desastres naturales como el que recientemente azotó a Baja California Sur con el huracán "Odie"; cuando ésos desastres ocurren tan cercanos a uno, no se puede evitar sentir algo de temor. Tal vez sea el primer sentimiento que se apodera de uno. Y es entonces cuando el "no tengan miedo" de Cristo se hace presente.

Y entonces se puede uno sentir bastante avergonzado. No importa cuánto se ore, no importa cuánto se crea, el temor se apodera de uno.

Las imágenes de la reacción de las personas pueden parecernos espantosas: personas saqueando establecimientos, arrasando con todo lo que a su paso encontraban. Pudiera no tener explicación, pudiéramos incluso pensar que son malos, pero si somos sinceros, nosotros tal vez reaccionaríamos igual.

Y es entonces cuando el "no juzgues" de Cristo se hace presente.

Pudiéramos sentirnos después avergonzados por no sentir compasión por ellos antes que miedo por lo que a nosotros nos puede suceder. Y el "te perdono" de Cristo se hace presente.

No podemos evitar sentirnos agradecidos porque a nosotros no nos suceden tales desgracias. Y el "no es por tus méritos, siervo inútil" de Cristo vuelve a recordarnos que no somos mejores ni peores que los demás, sino que es la misericordia de Dios los que nos protege.

Pudiéramos pensar después: quiero hacer algo por ésa pobre gente, pero no tengo nada que dar. Y las palabras de Cristo vuelven a sonar recordándonos a la viuda pobre que dió de limosna los únicos cinco centavos que tenía en su bolsillo.

Cristo se hace siempre presente, el Espíritu santo siempre se da prisa a recordarnos la palabra de Dios, tal como Cristo lo prometió. Y entonces termina uno por sentir que no se está sólo, que El está siempre presente hasta el fin de los tiempos, tal como lo prometió.

Recuerdo siempre los momentos del terremoto de 1985 en la Cdad. de México y recuerdo la manera en que las personas reaccionamos.


Yo lo hice atemorizada, casi apanicada. Y mi padre al lado mío manteniéndo la calma decía "Perdóname Señor". Yo no entendía nada, pero repetí como perico lo que mi padre decía.
Al día siguiente, durante el segundo temblor, después de enterarnos de la gran desgracia que sufrió mi ciudad, después de enterarnos y seguir cada minuto, las noticias que nos llegaban de grandes pérdidas, la voz de mi padre diciendo: "no tengas miedo, Laura. Está temblando" me dió tanta calma que tomé a mi hijo tranquilamente y salí de mi habitración para reunirme con mi papá y su familia.

Recuerdo a  mi abuelita hincarse cuando temblaba, en lugar de salir corriendo como era mi instinto. Yo permanecía estática más por el ejemplo de mi mamá que por mi propio deseo.

Ahora puedo entender la gran fé que motivaba a mi mamá y a mi papá. Una fé que les hacía confiar, mantenerse serenos cuando el mundo a su alrededor parecía caerse. No recuerdo que la casa sufriera gran daño ni nosotros tampoco.

En ésa ocasión, después del terremoto, estuvimos tres días sin luz y sin agua, pero nuestro mal se nos hacía tan mínimo al escuchar que en otros lugares de la misma ciudad, habían personas enterradas vivas, al lado de personas o pedazos de personas muertas. Al enterarnos de  personas que fueron sacadas de los escombros con las palas mecánicas porque era imposible separarlas del cemento o las varillas.
Historias terroríficas empezaron a circular, montones de cadáveres acumulados nos hacían sentir una gran compasión por ellos y sus familiares.

La gran ciudad estaba unida por el dolor.

Pero lo que más me sorprende aún a la distancia es  la gran movilidad, la gran unión que se dió entonces en una ciudad que puede llamarse fría e indiferente:

Recuerdo por ejemplo que a las pocas horas, cuando las radios (porque la señal televisiva no existía) pidieron ayuda,  unos jóvenes pasar a nuestras casas, pidiendo ayuda para los damnificados. Ni siquiera los conocíamos. Escucharon el llamado, tomaron un carro y se dieron a la tarea de pasar de casa en casa rumbo al lugar de acopio. Para cuando pasaron por nuestra casa, llevaban una buena cantidad.
Eso sucedió en muchos lugares más.

Recuerdo por ejemplo, que las personas abrieron las tomas públicas para tomar agua. Y un vecino o dos se pusieron al frente para que la distribución fuera pareja y alcanzara para todos. Ellos sacaban el agua con una cubeta y un lazo e iban llenando nuestras cubetas. ¿qué tiene éso de raro? puedes tal vez preguntarte.

Lo raro no era el que alguien se pusiera al frente, lo raro era que todos los demás los obedeciéramos.
"Tres cubetas por familia" nos decían. Y sólo tres cubetas llevamos a casa. A nadie se le ocurrió siquiera chistar. ¿Por miedo a que nos golpearan? no. Porque nosotros éramos muchos más.
Ahora pienso que es el sentimiento de solidaridad para con el otro, lo que impidió que se dieran actos de rapiña, que se dieran peleas por el agua o por los alimentos.

Recuerdo por ejemplo, al vecino de mi papá que había recibido sus tres cubetas como nosotros, pero eran sólo dos adultos y tres niños mientras nosotros éramos 6 personas y tres niños. El buen señor aceptó compartir una ollita de su tan preciada aguita con nosotros que se nos había terminado, para que pudiéramos acabar la comida.

De hecho, un hermano mío al que yo no veía desde niño, escuchando el llamado a ayudar que se daba en la radio, pidiendo voluntarios se dirigió inmediatamente hacia allá y estuvo acarreando víveres, separando la ayuda, auxiliando en la cocción de los alimentos, llevando recados, etc.

Nosotros no fuímos afectados directamente, a Dios gracias. Sólo sufrimos tres días sin agua y sin luz, pero vivímos el terror de nuestros conciudadanos, vivímos su dolor como si fuera propio....

Cuando empezaron a ocurrir los milagros, nuestro corazón que se había detenido, pendiente de las tragedias volvió a latir y a llenarse de esperanza. Empezaron a rescatar a personas vivas después de varios días entre los escombros.

Cuando el primer bebé fué rescatado, recuerdo la gran carcajada de mi papá, daban ganas de bailar de gusto como si ése bebé fuera nuestro... y de hecho, lo era porque habíamos estado orando y estado al pendiente de cada suceso.

Recuerdo un bebé que se mantuvo vivo junto al cadáver de su madre que le dió alimento pues sus pechos estaban llenos.

Ese terremoto originó en  mí un gran cambio. Entendí entonces porqué mi mamá se hincaba con fé, porqué mi papá pidió perdón a Dios.
El miedo ante los desastres naturales no ha terminado, pero ahora puedo vivirlo con fé, sé que Dios no nos deja sólos nunca.

En fin, cada vez que escucho de un desastre natural, ruego a la Virgen que socorra a las personas damnificadas, que se repitan los grandes milagros que se dieron en la Cdad. de México en 1985, que se dé sobre todo el gran milagro de solidaridad que vivimos en ése entonces.

Que no nos sea indiferente el dolor del otro, Señor.
Que no nos acostumbremos a pensar en nuestro bienestar, Señor
sin pensar en el sufrimiento de los demás.

Que nos alegremos con las alegrías de los otros
como si fueran nuestras.
Que estemos dispuestos siempre a escucharte, a seguirte
y a hacer lo que nos has dicho.

Bebé rescatado vivo
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