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10 mts. abajo

Por Laura Aguilar Ramírez

Muchas veces en mi propia vida puedo encontrar luces de cómo Dios ha actuado en ella. Aún en los momentos más difíciles.

Sucede que cuando tenía 10 años me enteré de que iba a ir a Estados Unidos en un viaje de intercambio con grupos de Guías de México. El viaje costaba un buen, pero yo gané mi boleto gratis por los 3 años de estar todos los meses en el Cuadro de honor del internado. No hubo un sólo mes en que yo no estuviera ahí.

Pero no bastaba éso. Otra chica tenía los mismos méritos que yo. Ella también había estado durante ése tiempo en el Cuadro de honor. Así que la directora del internado nos dijo que se decidiría en un concurso de ortografía.

Y empezó el concurso. Cada una frente al pizarrón, sin mirar lo que la otra escribía. La señorita nos dictaba una palabra y debíamos escribirla correctamente.

Una y otra vez pasamos a escribir; una palabra y otra más. Y la cosa no se decidía.
La lista de palabras había sido realizada por un Comité y la señorita sólo nos iba dictando ésas palabras, así que no había duda por las preferencias de ella por alguna de las dos.

Yo estaba muy tranquila. Simplemente no tenía yo el deseo de ir, no me entusiasmaba mucho el conocer Estados unidos. Si yo lo hubiera deseado, tal vez mis nervios me hubieran traicionado.
Mi deseo era agradar a la srita. Yo sabía que ella estaba de mi parte y no quería hacerla quedar mal. En ésos tres años me había convertido en una auxiliar para ella con las niñas más pequeñas. Había entre nosotras un lazo invisible de unión.
No era que estuviéramos juntas todo el tiempo, ni mucho menos que tuviéramos comunicación entre nosotras.
Era un lazo invisible, que estaba simplemente, sin haberlo buscado ninguna de las dos.

Yo sabía por intuición que era su favorita, no porque me hubiera dado ninguna señal. Nunca me dió un lugar sobre las otras, nunca mostró favoritismo hacia nadie, pero yo sabía que estaba conmigo.

Pasamos las dos al pizarrón y nos dictó la palabra Iztaccihuatl, el volcán de la mujer dormida.
Esa palabra era para mí algo especial. Ese volcán era desde mis años de infancia un punto de referencia para mí. Yo volteaba a verlo todas las mañanas e imaginaba a una viejecita saliendo de una cabañita a vaciar su bacinica.
Yo no sé de dónde me venía ésa imaginación. Nunca ví a nadie hacer éso, pero era una imágen que yo captaba al ver el volcán. Y me llenaba de paz ésa visión

Así que todo lo que tuviera que ver con ése volcán me era conocido, pues había investigado sobre él todo lo que había podido.
Por supuesto que no tuve ningún problema en escribir su nombre. Y con ése nombre, gané mi boleto a un viaje que yo sabía era un orgullo para mi abue.
Para ella, el que yo hubiera obtenido ése boleto era como obtener una medalla olímpica ahora lo entiendo.

Para mí no significaba tanto. Para mí era sólo un viaje más. Me gustaba mucho más viajar por mi país, me ilusionaba mucho más ir a Yucatán y ése boleto no lo pude conseguir.

Sucede que ambos viajes estaban planeados para las mismas vacaciones. Y yo deseaba ir a Yucatán mucho más que a Estados Unidos. Y me eligieron para competir por el boleto a Estados Unidos porque pensaron que era mejor. No todos tenemos la misma ilusión, ¿verdad?

Y como dicen que a caballo regalado, no se le ve colmillo pues tuve que aceptar el competir por el boleto a Estados Unidos.

Después no se pudo realizar el viaje por cuestiones de organización y con tristeza ví a varias de mis compañeras irse al viaje que a mí me hubiera gustado realizar.
Para mí era mucho más interesante el viajar a Yucatán a ver las pirámides, los cenotes. Soy una enamorada de mi país desde niña.

En fin. Un año después viajé a Estados Unidos por 15 días.
Para ésos 15 días tuvimos que prepararnos por un año entero. Tomando clases de baile regional, tomando clases de natación, aprendiendo a aventarnos clavados, tomando clases de inglés, tomando clases de todo lo que pudiera sernos útil.

Así pues, aprendí a aventarme clavados y tuve que subirme a un trampolín de 10 metros a pesar de ser muy miedosa a las alturas.

Sólo pude hacerlo porque sabía que mi entrenador estaba abajo, listo para saltar a la alberca si yo no podía salir por mí misma del agua. Y otro estaba arriba, listo para ayudarme a bajar por las escaleras si yo no podía aventarme.

Con tanta ayuda, no podía dejar de hacerlo, ¿verdad?
Mi abuelita me había dicho siempre que obedeciera a mis maestros. Y el entrenador me dijo que no mirara hacia abajo, que confiara en él, que sólo saltara hacia arriba y hacia el frente y me dejara caer parada con las manos pegadas al cuerpo.

Hicimos pruebas antes en la orilla de la alberca, después hicimos pruebas en el trampolín de tres metros.

Yo veía a mis compañeras subir al trampolín de 10 metros y aventarse una tras otra sin problemas; las veía salir del agua como si nada y me preparaba para hacerlo cuando llegara mi turno.

Antes de mí , subió una de las niñas a quien yo más admiraba por su valentía, por su arrojo y don de gentes. Y no pudo saltar, se aferró al trampolín y no quería soltarse de él. El entrenador no podía lograr que se soltara. Estaba aterrada.

Para mí éso fué mucho más difícil de superar que la altura del trampolín.
Si ella que todo lo podía se aterró, ¿qué podía yo esperar? Para poder realizar mi salto tuve que superar la imágen en mi mente de la chica a la que yo admiraba, aferrada al trampolín sin atreverse a lanzarse y sin atreverse a bajar.

Fué muy duro para mí superar éso.

Recuerdo que me atemorizaba el sólo ir subiendo las escaleras. Al llegar hasta arriba me atemoricé. Ni siquiera el ver ahí al entrenador me tranquilizaba. Sólo recordar que abajo estaba el mero mero, el entrenador en jefe listo a sacarme si algo no salía bien, me animó a hacerlo.

Recordaba cada una de sus palabras. "Yo estaré ahí para ayudarte".
Y no pensé mucho al llegar al trampolín, sólo salté hacia arriba y hacia adelante, puse mis brazos a lo largo de mi cuerpo y me dejé caer.

No sentí dolor al caer al agua como me había sido dicho, pero no me habían dicho que llegaría al fondo y si me lo dijeron no pensé que era tan hondo.

La fosa de clavados tiene una algura muy grande abajo porque mientras más alto se sube más abajo se va al caer. Y ahí sí me costó salir. Nunca fuí la mejor nadadora, nunca me había aventado a la fosa de clavados. Se me acababa muy pronto el aire por una lesión en los pulmones que tengo desde muy pequeña al haber padecido tosferina y no alcancé a llegar a la superficie antes de que el aire se me acabara. Y empecé a desesperarme.

Gracias a Dios el entrenador se lanzó por mí y me sacó. No volví a lanzarme de tan alto por mis limitaciones físicas. Mis pulmones no tenían la capacidad para pruebas tan largas.

Así puedo decir como el ratón Macías, boxeador mexicano: "Todo se lo debo a mi manager y a la Virgencita de Guadalupe" jajaja.

Mi entrenador de clavados era del Rescate alpino. El comandaba un equipo de entrenadores que lo auxiliaban. Y cuando supo de mi lesión, me dijo que no volviera a lanzarme de tan alto. Sabía lo que hacía.

Eso mismo sucede en cuestión espiritual:
No basta orar, no basta decir "Señor, Señor" sino hacer la voluntad de Dios.

Obedecer es importante porque quien te manda, sabe lo que hace.

YO aprendí a orar con mi abuelita. Ella oraba mucho, pero no obedecía tanto y las cosas no le funcionaban.Sólo cuando empezó a hacer lo que le decía quien sabía lo que hacía, las cosas empezaron a funcionar.

En ése salto, aprendí a obedecer. Me dí cuenta que mi vida dependía del grado de mi obediencia.
Y nunca volví a aventarme desde tan alto. De igual manera, yo sé que si obedezco a Cristo en lo que me dice, las cosas serán como El dice que serán. El sabe lo que hace.
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