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Hacer la diferencia

Existen personas maravillosas que no sólo critican o denuncian o señalan errores o faltas o carencias… HACEN LA DIFERENCIA.
Yo soy el testimonio viviente de que personas así, ayudan a cambiar a una persona.

Soy hija de padres separados, cada uno de ellos cargaba una problemática personal que les impidió formar un verdadero hogar. Ambos nos querían a mis hermanos y a mí, pero no basta el amor para hacerse cargo de un hijo. “Obras son amores y no buenas razones”, reza un conocido dicho mexicano.

Mis padres lo fueron a una edad en la que no estaban preparados para serlo. Ambos venían de hogares formados por una madre soltera como cabeza de familia. Sus madres eran madres de hijos de distintos padres.
Eran tan iguales, tenían las mismas carencias que no supieron cómo llenarlas, por lo menos es así como lo percibo yo. Terminaron por separarse y los tres hijos que procrearon, quedamos a la deriva.

Es ahí donde la providencia divina entró en juego. Mi mamá nos entregó con mi abuela paterna la que estaba en mejores condiciones que ella para atendernos.
Mi abuelita nos llevó a una guardería en donde nos cuidaban muy bien. Después nos internó en un buen lugar.

Ahí en donde encontré personas que hacen la diferencia. Personas de buena voluntad que ponen no sólo su dinero, sino también sus habilidades, conocimientos, tiempo, esfuerzo para ayudar a niños como yo.

La guardería a la que asistimos era sostenida y atendida por señoras de buena voluntad que nos proporcionaban las atenciones de un hogar. Desayunábamos, jugábamos, salíamos al parque cercano, aprendíamos como en un kínder, comíamos, dormíamos una siesta, siempre cuidadas por ésas personas lo más parecido a ángeles que yo conozco. Al salir mi mamá del trabajo, pasaba por nosotros y en casa podíamos vivir tranquilas.

Pero las guarderías sólo atienden a niños hasta cierta edad, asi que después fuimos a un internado en donde permanecíamos desde la tarde del domingo a la tarde del viernes-
Funcionaba en el tiempo escolar solamente y en vacaciones íbamos a nuestras casas.

Fue ahí donde aprendí todo aquello que mi abuelita no podía enseñarme por tener que trabajar: disciplina, órden, limpieza, buenos modales, convivencia con otros niños, autocontrol, responsabilidad, sentido del bien común. Todo ello enmarcado en un ambiente de tranquilidad, respeto tan necesarios para un niño y que mi abuelita no podía proporcionarme por tener que trabajar.

Este internado estaba dirigido por una persona que era como un ángel. Ella laboraba como psicóloga en la Clínica de la Conducta. De ahí obtenía sus ingresos.
Regresaba al internado a las 4 de la tarde y a partir de ahí empezaba su maravillosa labor como directora del internado, a cargo de 54 o 56 niñas y adolescentes. Por éste trabajo no cobraba. Nacía del amor a los niños, del amor a la vida.

Ella era la cabeza visible, pero detrás estaban no sé cuántas personas más que aportaban dinero o especies para mantener tanto el edificio como a nosotras.

El internado estaba en una vieja casona, inmensa, seguramente donada por una de las personas que lo sostenían. Otras ayudaban a mantenerlo. Había otras más que nos daban clases de inglés, de mecanografía, de taquigrafía, de cocina.

Otras más colaboraban aportando lo que cuesta el pertenecer al movimiento scout o de Guías de México.
Otras más pagaban los paseos que se nos proporcionaban, los campamentos y demás.

En ése internado llevamos una vida lo más parecida a la que los niños de familias normales llevan.
Eso es para mí hacer la diferencia.

Fue ahí en donde aprendí el valor de la familia, lo importante que es crecer en familia. Curiosamente lo aprendí fuera de la mía y rodeada de sólo niñas y adolescentes guiadas por una directora.

En ése internado nosotras hacíamos las labores de limpieza, nosotras éramos responsables de nuestras cosas y de nosotras mismas.
Había una cocinera que se encargaba de los alimentos y ella se encargaba también de darnos permiso para realizar algunas actividades que no podían esperar hasta que la Directora llegara, se encargaba también de estar al pendiente de nosotras

Llevábamos una vida de hogar fuera del nuestro. Nos levantábamos, tendíamos nuestras camas, hacíamos las labores de limpieza que nos correspondían. Nos arreglábamos, íbamos a la escuela.
A la llegada de ella, nos cambiábamos la ropa, nos alistábamos para comer. Al término de la comida, cada una podía hacer lo que quisiera: jugar, descansar, conversar, etc.

A las 5 nos reuníamos a hacer las tareas escolares o a repasar. Si no teníamos tarea, de todas maneras debíamos estar en el estudio.

Los martes y jueves teníamos reunión de Guías de México en donde realizábamos actividades recreativas. Los lunes y miércoles nos daban clases de inglés, de mecanografía, de taquigrafía personas que hacían su servicio social universitario.

A las 8 de la noche cenábamos, nos aseábamos, nos poníamos la pijama, rezábamos y nos íbamos a dormir aproximadamente a las 9:30 de la noche.

Como parte de las actividades de Guías de México estaban el ir de campamento. A dichos campamentos podíamos ir si habíamos cumplido con todas nuestras actividades dentro del internado y de la escuela.

Yo tuve la oportunidad de viajar a Disney World al ser elegida por mi comportamiento, mis calificaciones. No fue fácil, porque viviendo en ése ambiente, un niño aprende a desarrollar sus capacidades. Todo se decidió en un concurso de ortografía, porque la cosa estaba muy cerrada jajaja.

En fin. En ése internado aprendí la forma en que un niño vive en familia. Y he tratado de llevar ésa forma de vida con mis familiares y ahora con mi esposo y mis hijos.

Estas personas no se conformaron con criticar, con sentirse superiores a mis padres por no poder hacerse cargo de nosotros. Tampoco se limitaron a vernos pasar y decir “pobrecitos”. HICIERON ALGO POR NOSOTROS. Y eso es maravilloso.

Estuve en ése lugar 4 años que me ayudaron a entender a mis padres, a mi familia. Me ayudaron a comprenderlos, aceptarlos y quererlos con sus errores y con sus virtudes. También me ayudaron a aceptarme como persona digna de dar y recibir amor y respeto.

Eso es creo yo, lo que hicieron por mí en ése lugar: reintegrarme a mi familia.
Nunca fueron un sustituto de ella. Lo que yo aprendí, traté de llevarlo a mi casa, traté de enseñarlo a mis parientes.

Cuando alguien es tratado con amor, aprende a dar amor.
Cuando alguien es tratado con respeto, aprende a respetar.
Cuando alguien recibe de otros que no son ni de su familia tanto, aprende que el amor no tiene barreras ni siquiera de sangre o de carne. Aprende que el amor es divino y es dado a todos. Y todos podemos darlo. No importa el color, la condición social. No importa si se es o no de la misma sangre o de la misma raza. Aprende que el amor es universal y que el amor puede cambiar a una persona. Y aprende que somos las personas las que cambiamos al mundo.

He estado en varios grupos. Uno de ellos tiene como lema: “Educa a una mujer y educarás a una familia”, lo cual creo algo incompleto.

En la asociación que sostenía el internado, el lema era “Educa a un niño y cambiarás al mundo”.
Yo llevé a mi hogar la semilla que en mí se plantó. Era como un pajarito. En el sistema de Guías de México se les llama “Haditas” y como tales, llevábamos las semillas de bondad y de amor que se nos proporcionaban, a nuestros hogares.

También nosotras aprendimos a ser y hacer la diferencia. Porque hacer la diferencia no es sólo hacer actos espectaculares. Es en el día a día en donde podemos hacerlo. No es sólo en la calle en donde todos puedan verlo, es en nuestros propios hogares, con nuestros hijos, con nuestros esposos, con nuestros padres y nuestros hermanos.

En Guías de México se reúne uno en grupos llamados “Haditas” cuando se es pequeño.
Cuando se es adolescentes se reúnen en grupos llamados patrullas y se pasa a ser “Guía” y la mayor responsabilidad es el cuidado de los pequeños.
Al crecer, se pasa a ser “Guía mayor” y posteriormente se puede ser “Guiadora”. Cada una de éstas etapas requiere de estudio, preparación y práctica.

Siendo parte de ésos grupos aprendí a ser mujer, a ser esposa y a ser madre.
Todo lo que aprendí ahí, lo he hecho parte integral de mí y de mi hogar.
Estas personas me enseñaron la manera en que ellas viven.

Dicen que una buena cocinera nunca da sus recetas, yo creo que una buena cocinera se hace por el sazón que tenga, no por la receta que use. Una buena persona no se guarda para sí misma lo que le ha servido para ser mejor, sino que lo comparte con otros para que a su vez, puedan ser mejores.

Muchas gracias, Asociación “Amigos de los niños”. Todo lo que hago en éste medio de internet, es un intento por seguir su ejemplo.

Recuerdo la carta que escribí cuando salí del internado. En ella ponía entre otras cosas, que deseaba poder regresar algún día para enseñar inglés o algo a los niños que estuvieran en ése momento. Nunca he regresado a cumplir con ésa promesa, pues la vida me ha llevado por otros rumbos. Pero nunca la he olvidado y mi blog como nunca he olvidado todo lo que se hizo por mí.

Mi trabajo actual es una manera de cumplir con la promesa que hice cuando tenía 12 años.

“Mi promesa y ley, yo cumpliré y a diario haré mi buena acción”.
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